Se habla mucho estos días del éxito o fracaso del Rock in Rio Madrid 2008. Cuando la música, el rock o cualquier otra cosa se convierte en negocio y deja de ser cultura pasa a ser un éxito para el organizador y un fracaso para el público. Al menos para un servidor, que comprobó aterrorizado el sábado 5 cómo se puede prostituir tanto una idea o un espíritu.
Un cartel de Rock in Río con el emblema de "por un mundo mejor" preside la entrada de la ciudad del rock -a la cual le hacen falta todavía unas cuantas infraestructuras y un acabado mejor (ni una sombra que echarse a la cabeza, un completo secarral polvoriento más propio de un western, mejores ofertas y variedad hostelera...)-. Sigo. Nada más traspasar dicho cartel nos encontramos con un parque de atracciones mezclado con supermercado. Stands y chiringuitos del Corte Inglés, Toyota, TVE, Telepizza, Universal, Burger King, Control, L'Oreal, y un sin fin de marcas que han vendido su alma al diablo de por vida. Al menos para mi. Tan sólo una diminuta carpa de Fender con cuatro guitarras y algo escondida recordaba que estábamos en un festival de música.
Por que como he dicho ni siquiera el público recordaba a un festival de música. Montado como un evento familiar y políticamente correcto, el Rock in Río ha resultado ser un evento clasista donde los tatuajes y rastas eran de pega y donde hasta los reportajes y entrevistas que se han podido ver en TVE o You Tube estaban preparados y amañados. En la carpa VIP se amontonaban los famosos de medio pelo atiborrando sus orondas barrigas y pasando ampliamente de los conciertos. Padres y madres de la mano de sus vástagos paseaban de la mano como domingueros en busca de la chapa de regalo, el póster o haciendo cola para montar en la noria, la tirolina que cruzaba el escenario, la pasarela de moda o la rampa de snow.
Me agobian cada vez más citas como el FIB, Summercase o demás, donde parecemos borregos hacinados en espera de nuestra dosis de autocomplacencia. Sin embargo los eché de menos el sábado, ya que al menos estas citas contienen algo del espíritu rock y transgresor que se supone asociado a ese término. Sin embargo el Rock in Río presume de todo lo contrario, de que el rock ha muerto o se le puede matar. No es que la familia tipo no tenga derecho a su dosis de rock, pero al menos que se le avise de que eso no es rock. Al menos no debería serlo un parque de atracciones con un escenario al fondo.
Se han congregado varios miles de personas en los cinco días que ha durado el festival y tal vez haya que verle un lado positivo a esa variedad de público y artistas: la cultura musical se ha expandido un poco más entre aquellos que pudiesen estar cerrados a determinadas propuestas. ¿A qué precio?. Al precio de 70€ la entrada más los pluses para subsistir al calor y el cansancio. (Apartado este en cierto modo positivo, ya que esperaba los precios abusivos). Eso sí, nada de alcohol. Solo cerveza Coronita que no pudimos ni michelar.
¿La música?. Pues para ver a Police antes hay que tragarse a Estopa y algo que jamás pensé que me sucedería: aguanté como pude un concierto de Alejandro Sanz. Sí, pido disculpas públicamente desde FDR porque no lo calculé bien y me dejé el bazooka en casa. INSOPORTABLE. Me recordó a Julio Iglesias. "Os quiero España", "Viva Madrid", etc, etc... pero con un acento Miami (EE.UU.) que tiraba pa'trás. Un tío que vive y caga al otro lado del atlántico y se dice español. Y cuando se da un baño de multitudes regresa con una ikurriña. Creo que tenía una buena empanada mental provocada por el (caro) champán que bañaba su camerino (dicen).
Y luego Police, o más bien Sting. Ya que fue éste el que que tiró del carro, el que se mantiene en buena forma, el que sonríe al público, el que se acerca a él. Ya que si fuese por Andy Summers y su careto hasta los pies como si de un funeral se tratase, pues habría ido mucho peor la cosa. Es que ni caso le hizo a Sting cuando éste se le acercaba e intentaba posar para la foto durante los solos de So Lonely o King of Pain. Nada, cada uno por su lado, dejando bien patente que han vuelto por la pasta y que el público les importa un pimiento (al menos al tal Summers).
En otro orden de cosas: Dios bendiga a Stewart Copeland


