17 MAYO 2007, PALACIO DEPORTES COMUNIDAD DE MADRID, MADRID
Nadie calzará sus zapatos cuando por fín termine -este pensamiento -acompañado de un escalofrío- cruzó por mi mente mientras Roger Daltrey -cuyo pòderío vocal sigue intacto- soltaba un aullido ensordecedor que anunciaba el tramo final de Won´t get fooled again, ante el entusiasmo general. Y es que la única conclusión que se puede sacar del concierto de los WHO es que hay cosas que ya nunca volverán. Nadie volverá a escenificar la liturgia rock cómo ellos o los Stones, los últimos dinosaurios vivos del rock ´n roll. El mismo ya no supone un elemento diferenciador en la vida de la gente, un antes y después... Sólo había que contemplar las caras de enorme emoción de todos los asistentes que hace un rato que rebasaron los 40 para tener claro que todas estas cosas van más allá de lo estrictamente musical.
Lo que nos queda en el 2007 es un dignísimo ejercicio de nostalgia. Y es que ver a un envejecido Pete Townshed pegando saltos por el escenario mientras ejecuta su mítico molinillo resulta enternecedor, que no vergonzoso. No me importa que las imágenes de los 60 que vomitan las pantallas sin parar nos recuerden que cualquier tiempo pasado fué mejor. Me quedo con la apasionada escucha de todas las gemas de los Who: desde la inicial I can´t explain a un Pinball wizard que protagonizó el bis, pasando por la inevitable My generation, I can see for miles, Go to the mirror, un sublíme Behind Blue eyes, Baba O Riley o un Who are you que se vió abruptamente interrumpido por un corte de sonido que duró cerca de 15 minutos. El envoltorio sónico que aporta la banda que les acompaña, a la altura de las circunstancias, particularmente un Zack Starr que aporrea la bateria con un entusiasmo que retrotrae a la memoria al irrepetible Keith Moon y todos los grandes baqueteadores de los 70.
Que las entradas cuesten de 40 a 90 euros es secundario. Ellos y sus colegas generacionales -y unos cuantos millones de personas más- levantaron este tinglado tal y como se lo conoce hoy en día, y tienen pleno derecho a exprimirlo hasta el final, que se anuncia próximo. Quela egomanía campe por sus anchas en determinados tramos instrumentales me parece de recibo. Que el último tema -acústica y voz- fuera un enorme coñazo autoparódico no tiene ninguna importancia. La enorme sonrisa que adornaba la cara de Roger Daltrey mientras se despedían acompañó ese escalofrío que nos sacudió a lo largo de la noche. Todos los viejos rockeros nos sentimos felices por haber estado allí. Y con eso es más que suficiente.
Texto: Anywhere. Fotos: GómeZ



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