EL EJIDO, 31 JUNIO 07
En 1998 presencié en Málaga mi tercera actuación de los Rolling Stones, tras haberles visto en Madrid en el 82 y 87. Salí convencido de que el declive había comenzado, y prometí no volver a mancillar el recuerdo de la mejor banda del mundo en directo presenciando su decadencia y caída. 9 años después me puede la curiosidad, y me veo en El ejido, última fecha de su gira española, He estado pinchando sin parar Sticky Fingers, Exile on Main street y Black & Blue, y me hallo en un estado de considerable excitación. Cómo siempre, las crónicas sobre lo que son los Stones actualmente resultan sumamente contradictorias: unos les llaman geriátrico ambulante, otros hablan de estrellas que nunca dejan de brillar. A nadie dejan indiferente, tapando con su presencia cualquier evento que se mueva en su perímetro.
A las 10,45 de la noche se apagan las luces en el estadio, y las 35.000 personas presentes estallan en un rugido ensordecedor. Comienza una espectacular presentación audiovisual que finaliza con una gigantesca llamarada y Keith Richards en escena tocando el riff de Start me up, ante el delirio del respetable.
50 minutos después observo atónito a Mick Jagger, que se ha recorrido ya unos cuantos kilómetros corriendo, al tiempo que canta y baila. Una amiga me susurra: "¿se le ve cansado, eh? está ya mayor...". Esta apreciación encierra el actual secreto de los Stones; su edad lleva a la gente a afirmar que están agotados, pero la realidad es que Jagger hace exactamente lo mismo que hace 25 años. Su resistencia física va más allá de lo humanamente lógico. Más de lo mismo para Keith Richards y Ron Wood, que no dejan de fumar sin parar, mientras lanzan riffs a diestro y siniestro. O Charlie Watts, cuyo aspecto de vampiro recién resucitado no le impide aporrear con enorme entusiasmo un kit de batería simplísimo.
¿Y el sonido?. Mucho se ha criticado la presencia de teclistas, coristas y sección de viento. Se habla de su presencia para paliar los deficits que la edad le impone a la solvencia instrumental de los Stones. Craso error: las guitarras están a todo volumen y reclaman para sí todo el protagonismo; apenas se oye de fondo a los actores secundarios. Todo está a tope de distorsión, y por momentos me recuerdan a una banda de garito. Es en ese momento cuando despega el famoso escenario móvil, que les traslada al centro del campo sin dejar de tocar: atacan It´s only rock ´n roll y Satisfaction, y se suceden los errores, imprecisiones y desvaríos, entre las sonrisas de Keith Richards y Ron Wood cuando Mick entra al estribillo tarde una y otra vez u olvida la letra. El público, impertérrito, corea Satisfaction, ajeno a todo aquello que no sea el puro éxtasis idólatra. Otros nos sentimos felices ante el caos sónico, porque les otorga extrema autenticidad. La misma que ya han conquistado tocando Bicth o Midnight Rambler de un modo que excede lo digno para llegar a lo extremadamente excitante. También es auténtico el vestir los ropajes más horteras y absurdos de toda la historia del rock ´n roll con absoluta elegancia. O escuchar a Keith Richards entonar un fantástico You got the silver, aunque se deje Happy y Little T & A en el baúl de los recuerdos, y Mick aproveche para pegarse unos viajes de oxígeno entre bambalinas. O...
Todas estas cosas transcurren mientras en el escenario -fiel a la mastodóntica tradición que se inauguró en 1982, puro envoltorio grandilocuente para acoger la ceremonia- suena el mejor repertorio de la historia rockista, con todas aquellas que resultan imprescindibles- Start me up, It´s only rock ´n roll, Honky tonk women, Tumbling Dice, Miss You, Satisfaction, Simpathy for the devil y Brown Sugar- más las maravillosas propinas de Midnight Rambler, Bitch y Paint it black. Igual hay 50 temas más que merecerían el mismo tratamiento (van 4 conciertos y todavía no he logrado oír StarStar en directo), pero la mística que rodea a los megaclásicos manda. La recta final la marca un Jumpin Jack flash demoledor, con 10 minutos de puro guitarreo stoniano. Brown Sugar hace de cierre, final adornado por un bonito castillo de fuegos artificiales, más una certeza indudable: los Rolling siguen tocando rock ´n roll como nadie. Ya no queda tiempo para frases estilo "larga vida", pero a poco que haya suerte volverá a haber otra gira.



qué emotiva esta crónica... Me gustó.
Esperemos que haya una proxima vez, y poder decir que he visto a los Rolling. Aunque no sea su momento de auge, aún siguen derrochando energía, que es lo importante en el rock!
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