18 julio, Plaza de toros de las Ventas, Madrid
Como si de la esposa de Gengis Kan se tratase. De esta guisa salió la islandesa Bjork al escenario en la plaza de toros de las Ventas. Sin embargo, tan solo de atuendo, porque ofreció un concierto desigual donde dejó patente que ha perdido el norte. En su afán por ser el paradigma de modernidad ha olvidado la coherencia y la garra, y de paso también un poco de voz y esos gorgoritos y chillidos de ballena que demuestra en directo.
Conformar un listado de canciones equilibrado entre su pasado más pop y su presente timorato debe ser un calvario. De hecho la tensión eléctrica de Hunter dio paso a la sensiblería musical de Hidden Place y Pagan Poetry. Aeroplane, Joga o Immature le sirvieron para ir calentando la voz y el temperamento. A partir de ahí la propuesta fue tomando fuerza cuando empezaban a verse los primeros bostezos.
Army of me despertó tímidamente a la congregación y de ahí al delirio de Bachelorette o Hiperballad, que pasadas en exceso por la turmix del bakalao más vehemente, subieron los ánimos de baile del público. Con Pluto se volvió loca hasta la misma Bjork, pero supuso el final.
Un breve e insulso bis no hizo más que acrecentar el sabor agridulce que nos acompañó todo el camino de vuelta a casa.
Texto: Gómez
Fotos: Jesús Aparicio
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