25 DE JULIO, FESTIVAL DE JAZZ DE SAN JAVIER
Vuelven los tiempos del circo romano: si unos siglos ha las fieras devoraban a los prisioneros en la arena, ahora el show se traslada a los festivales veraniegos, respondiendo a las ansias de diversión de un público playero cuyas necesidades fundamentales son las de la celebración, haya motivos (musicales) para ello o no. El bolo de Marcus Miller puede narrarse igual que cualquier otro del circo festivalero en la sección jazz: una orgía de autocomplacencias en la que las canciones brillan por su ausencia. La mecánica de (la mayoría) de estas bandas funciona así: comienza a sonar un standard más o menos identificable (Tutu, por ejemplo) que el público recibe alborozado; rapidamente el tema queda enterrado bajo un mar de escalas, solos y exhibiciones variadas de virtuosismos. El amigo Miller hace varios solos por canción, que compagina cediendo el protagonismo en alguna ocasión a sus esforzados subalternos, momento que aprovecha nuestro protagonista para hacer muecas y caretos de incredulidad, ¡que bueno que es mi saxofonista coño¡ ... 10 minutos después regresan a la canción propiamente dicha, que cierran a la velocidad del rayo, entre el entusiasmo del respetable. Suman un total de 10 ejecuciones de éste tipo, hora y media de divertimento y solaz para el público, que cree ver a Dios con un bajo colgado al hombro, acompañado por un montón de ángeles del swing.
Aunque venía avisado no salgo de mi asombro mientras observo la colección de virtuosismos, pero todavía no ha alcanzado su cenit el asunto. Lo mejor está por llegar: Marcus Miller empieza a "hacer hablar" su bajo, usando aquel infame cacharro que popularizó Peter Frampton con su megahit Do you feel like we do (¿recuerdan?); nadie había vuelto a atreverse a desempolvar un artefacto como ése, símbolo absoluto de la variante más kitsch, circense y de manejo de masas en la larga historia de shows masivos. Para terminar se marcan un tema que usa como base "Come together"; ovación y vuelta al ruedo para Marcus y sus compinches, ante la absoluta estupefacción de éste cronista, porque a ver, que alguien me lo explique: ¿no era ésto un show de jazz y funk?. Pero si no ha habido ni una sola canción propiamente dicha... tan solo un enorme envoltorio hueco, compuesto de solos de éste y aquel instrumento, un poco de teatro y 5 toneladas de egomanía. Nadie pone en duda la maravillosa técnica de Miller y los suyos, tan solo creía que este tipo de exhibiciones estaban reservadas a generos infinitamente más infames (heavy) u onanistas (rock progresivo). Lamentable, sobre todo en el incomparable marco que ofrece el festival de Jazz de San Javier, tan distinto a los recintos abarrotados de aglomeraciones borrachas que pueblan nuestro país.



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