UNSEEN CINEMA (EN EL REINA SOFIA)


Reina Sofía, proyección de audiovisual, bajo el denominador UNSEEN CINEMA: cortos fechados entre 1893-1941. Aquí estoy, invitado por una chica muy, estoooo, interesante, eso es, a la que llamaremos X.
Nos sentamos en la coqueta -y muy cara- sala de audiovisuales del Museo; está lleno a parir, con un público compuesto de una heterogénea fauna que comprende múltiples espectros sociológicos.

Empieza el asunto; un DJ muy famoso comienza a machacarnos la oreja con ritmos -supuestamente- adecuados a la proyección; intento dejarme llevar, y curiosamente las primeras imágenes -Una fantasmal, nocturna New York- tienen una cierta cualidad hipnótica, que rompe mis prejuicios. Aprovecho la ocasión, y me dejo llevar por esa extraña fascinación; rápidamente me aburro: los planos son fijos y no ocurre nada...; me machaco mentalmente con un mantra positivista: fíjate, en 1920 esto tenía que suponer auténtica magia, además de un currazo asombroso... no funciona, no me siento maravillado en absoluto. Además, el DJ está empezando a rayarme la oreja TOTALMENTE. En la pantalla, un plano fijo de un tren en marcha parece congelarse eternamente, juraría que ya lleva 10 minutos; los ruidos procedentes del pincha se hacen insufribles, así que me digo PERO QUE COÑO, mascullo una excusa y salgo de la sala, mientras observo en la penumbra al absorto público: hay muchas tías buenas, joder, mujeres con gorras ladeadas, faldas rojas, escotes de espalda, uah... quién fuera cultureta, me digo

Vago por el MUSEO; en una sala casi piso una almohada que hay tirada en el suelo, ante el espanto de una segurata;al parecer es la obra magna de un tal Sicilia, maestro de no se sabe qué; le doy una vuelta a los cotidianos objetos -una plancha, por ejemplo- que pueblan la exposición. No me llega nada. Bueno. Por cierto, la segurata está muy buena; me pregunto si me estoy convirtendo en un tipo maduro lascivo, Un Viejo Verde, y me digo que sí, qué como mola.

Busco la cafetería: allí al menos se podrá fumar; una vez allí me aposento en una mesa de diseño moderno, flanqueada por una sillas muy chulas que se revelan terriblemente incómodas. Pido un solo con hielo, son 3 euros; seráén otra mesa... no logro disimular mi cara de incredulidad y maldigo mientras me enciendo un pito. Me caen encima dos seguratas a la vez: ESPACIO LIBRE DE HUMO, ESTA USTED EN UN MUSEO ; ¿pero qué mierda?. Es del todo evidente que esto tiene más de 100 m2... ahhhhhhhhh, propiedad estatal; al parecer, el estado no cumple la ley, a los fumadores que nos jodan.

Salgo fuera del maldito MUSEO, muy cabreado, y me fumo 3 cigarros dando dos vueltas alrededor de su perímetro; joder, me dan ganas de tomarme 4 gintonics y pillar medio gramo de farlopa, pero arruinaría mi trabajada cita con mi amiga . Eso me recuerda qué debería de volver, ya llevo un buen rato fuera.

Vuelvo y me siento; el DJ anda en éxtasis, poniendo unos caretos inenarrables... la pantalla reproduce un plano FIJO (como todos) de una plaza, en la que no pasa nada, naturalmente... Se acaba, ¡por fin!; el respetable se levanta y aplaude entusiasmado, ovación y vuelta al ruedo, y, por favor, que le corten las orejas y el rabo al DJ... disimulo y le pregunto a mi presa qué le ha parecido, y ante mi estupefacción -siempre hay espacio para la sorpresa, oiga- recibo una entusiasta digresión sobre la invención del travelling -al parecer eso era el maldito plano fijo del tren-, los inicios del uso creativo del grano -¿grano?; más bien paella...- el expresionismo en el blanco y negro -ufffff-- y algunos disparates más. Me quedo flipando y no digo nada, y entonces recuerdo q esta chavala me acompaño el otro día a un concierto de los Fleshtones... percibí en su cara el mismo brillo de incredulidad que hay en mis ojos ahora, mientras una masa sudorosa la estrujaba, empujaba y agobiaba. Me maravillo, consciente que, en una u otra medida, todos obviamos todo tipo de inconvenientes que resultan más que discutibles en la medida en que algo nos entusiasma: nos dejamos estafar buscando disfrutar de uestras obsesiones, sentirnos cercanos a nuestros objetos del deseo.

Le doy un beso a X; y -al menos de momento- esto sí que no es un robo. Que yo sepa, sólo me ha costado asistir a la infumable proyección


El Impostor ( 28/02/2007)

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