Y Uno
Ceutí, verano de 2005. ¡Qué odisea para llegar! Qué lejos, qué mal indicado.
Voy con P., una bruja atlántica salida inesperadamente del bosque de las casualidades. Eh, que empieza. Primera fila. Hay mucha gente. ¿De dónde han salido? Voy a pedir una copa. Joder, qué cola para los tickets. Me empiezo a mosquear por la incompetencia de los de la caja. Claro, de lunes a viernes deben estar estudiando FP. Decido comprar muchos tickets, luego me sobrarían. Allí está María Rodríguez, La Mala, la poetisa del arrabal, guapa, escotada y provocadora, tocada con su pañuelo de lunares. Estoy preparada pa ti, ¿estás preparado pa mí? De pensar que me dijera esto a mí directamente, bis a bis, me entran sudores fríos. El personal: un DJ, un MC, una corista, un guitarra de pelo afro-imposible y una bailarina que, sólo de mirarla, me agota. Hip-hop, a bailar, esto es una fiesta. A ver esas manos arriba, hala, yo también. Un energúmeno descamisado y ebrio me empuja, y tira un cubata entero (¡bebe-sin.sed!) al escenario. La Mala no se inmuta. P. baila, encantada, no esperaba tan tremenda fiesta. La puesta en escena es impecable, estudiada, ahora que me voy para allá, ahora que me vengo. La gente corea (del sur) las letras, es increíble, se las saben, no me había enterado yo de que esta chica es una estrella. Y lo es, hay algo en ella que refulge, y te da la impresión de que tras esa actitud macarra, barriobajera, se esconde un volcán de emociones, de pasiones y sueños… Es una de esas mujeres por las que algún pobre diablo perderá la cabeza. Por suerte, yo no tendré la oportunidad. Ya me canso, y la energía de los demás me empieza a irritar. Pero se acaba. Perfecto. Ni mucho ni poco. Vamos a tomar unas copas al bar y, ¡oh sorpresa!, ahí llega María, con su troupe, a cenar. Voy a pedirle un autógrafo para C., que aunque dice que le da igual, sé que le encanta coleccionar esas cosas. ¿Me firmas la entrada para mi amigo C.? Sí, claro. ¿Y tú, no me piensah desir tu nombre? Me sonrojo hasta los tobillos y se lo digo. Me la dedica también y me la devuelve, mirándome intensamente. Gira ciento ochenta grados y se va, mientras yo me quedo bobo, quieto. ¡Qué mala es la María!
Y Dos.
Cartagena, unos días después.
¿Qué no hay entradas? ¡Me cago en la hostia! Um. Tres entradas (voy con las hermanas A.) en la reventa, una pasta. En estos momentos adquiere sentido el lunesaviernes. Otra vez a la primera fila. El concierto es idéntico al del otro día. María lleva hoy una minifalda, hortera, me pone. Hace calor, el alcól sube mucho, estoy borracho, bailo, canto, levanto las manos. Yo ya estoy vendido, incondicional, enamorado. Uy, creo que me ha mirado. O no. Los sueños a la orilla del mar son siempre más intensos. El público, literalmente, delira con el chou. Hago fotos en las que no se ve nada con mi móvil. Qué perullada. María suda, y yo con ella. Tu propon-pon. Otra caipirinha. Vamos allá, que hay luna llena, y los guardia civiles duermen el sueño de los gitanos eléctricos, como diría el granaíno.
Exhausta, exhausto, la cosa termina. Adiós, María, tú si que eres buena. De vuelta, mantengo el coche entre las dos líneas, como si fuera un vídeojuego. La luna me sonríe y llego a casa. Soñaré contigo de nuevo.
EPILOGO
La belleza puede estar escondida detrás de cada rincón, de cada esquina, pero hay que tener los ojos bien abiertos para detectarla.



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