7 DE JUNIO, ESTADIO OLIMPICO MONTJUIT, BARCELONA
Cuernos rojos en la noche. Miles de apéndices fluorescentes -que portaban ufanas las legiones de fans- iluminaron el recinto a las 22,00 horas, cuando las luces se apagaron y dió comienzo el ansiado ritual rockista de uno de los últimos dinosaurios vivos de la historia del rock ´n roll.
Gerontocracia rock, museo ambulante, circo romano y otros muchos calificativos y epítetos nada amables inundaron las revistas especializadas cuándo la nonagésima gira de los australianos se puso en marcha, 6 meses ha. Visto lo visto el pasado Sábado en Barcelona se puede decir que a los críticos los arboles no les dejan ver el bosque. El concierto de AC/DC resultó un megaespectáculo de masas con todos los peros y contras previsibles: en el apartado prescindible, la fanfarria populista materializada en muñecas hinchables gigantes, trenes de cartón piedra, campanas diábolicas, pasarelas gigantes y hasta cañones atronando el estadio, con fuegos artificiales cerrando el show, todo ello en medio del enorme jolgorio de una enfervorizada masa deseosa de idolatrar a las fieras australianas, aunque las mismas tengan ya una edad.
Inserta en éste marco nada acorde a la seminal rabia de la Corriente Alterna, el motivo original que llevó a los Young hasta la cumbre: la ejecución de uno de los repertorios más contundentes de la historia del hard rock. Estaba por ver si la maquinaria todavía podía rugir cómo antaño. Torpedeado inicialmente el setlist por la obligada presencia de temas de su reciente Black Ice, purito material de saldo actual, a mitad de bolo dos cañonazos del calibre de Shot down in flames y Thunderstruck pusieron el estadio patas arriba y Angus Young tomó definitivamente las riendas del show, dejándose los cuernos en una interminable serie de carreras, pasos del pato y solos contundentes. The Jack, Hells Bells, Whole lotta Rosie y un demoledor Let there be rock certificaron que los Young todavía son capaces de sonar cómo una auténtica locomotora de hard rock desatada, algún gambazo incluido.
El rush final, inevitable solo de guitarra en una plataforma en mitad del estadio para la definitiva entronización del verdadero protagonista del evento, Angus Young, que se las arregló para marcarse 10 minutos de digitación ultraveloz sin provocarme sueño, amparado en un correcto manejo de los tempos de interacción con el público. Bis con una mediocre Highway to hell coreada a pulmón por decenas de miles de personas, épica y cañonazos con For those about to rock y gran satisfacción generalizada; todos los asistentes -fans de toda la vida, impostores, modernos, abueletes y jovenzuelos- estuvieron de acuerdo: AC/DC todavía son capaces de ofrecer un gran espectáculo. Me quedo con el atronador Let there be rock, auténtico recuerdo vivo de la rabia de Bon Scott y los Young. Todavía vigente, oiga.



