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INTERPOL

INTERPOL


8 de Marzo de 2008, Teatro Gran Rex.Buenos Aires, Argentina

Elegancia sin derroche de glamour.Estas cuatro personas, enfundadas en un sobrio color negro, ahora se reproducen en un formato visual y lumínico. Los animales petrificados, de su hábitat imaginario, reflejados en la portada de su álbum”Our love to admire” (2007), rompen la cerca divisoria para unirse en la profundidad de una niebla nocturna, en donde el espectador
dejará que todo su entorno se convierta más en un sueño despierto que una pesadilla.

El medio ambiente en el cual se hallan los Interpol, cuarteto oriundo de Nueva York con un acentuado “pasaporte inglés”, será una atmósfera del denominado “rock de guitarras”, sin alarde de grandes solos, protagonismo exacerbado y virtuosismo. La escuela del dark-post-punk que bien supieron mostrarnos Joy Division, Bauhaus, Echo and the Bunnymen y The Cure se traslada desde finales de la década del 70’ en la movida británica, hasta la modernidad del año 2000. Las influencias pueden ser notorias a la hora de tejer un concepto sobre el combo, pero es el carácter y personalidad de sus músicos en el escenario que desbarata cualquier intento de comparación. Sin la demagogia habitual ni el carisma excesivo de su lado (los repetitivos loops demagógicos hacia la audiencia: “Los queremos. Son lo mejor que nos pasó”) es un indicio de una calma húmeda, como esta ciudad, que pronto será tormenta eléctrica.

La calidez en el tono medio-grave de su vocalista Paul Banks, que en la explosión de los estribillos, con su mesura, genera un clima de alienación. El cuerpo no tiene lugar para la butaca o el movimiento sin control. Las dos guitarras suenan “parejas”, y se suma un pequeño desfasaje de volumen que por momentos el instrumento tapa la voz. Finalmente esta situación se hace agua durante su presentación. El margen entre canciones es tan corto que no dan respiro. Las mejores gemas se suscitan una tras otra como “Heinrich Maneuver”, “PDA”, “Slow hands”. Arpegios, belleza y sutiles arreglos más la exquisitez del baterista Sam Fogarino (la sonoridad de sus beats fuertes reverberizados y sus cambios de tempo son inquietantes) dan la pauta en “Rest my chemistry”.

El desierto o la nada. La soledad. Esta imagen viene y desaparece. El foco de luz recae sobre ese rasgueo inicial de Daniel Kessler en “The lighthouse”. El bajo firme y con presencia marca el formato “canción” que enhebra Interpol: Una muestra de ello está en las geniales “Evil” y “No I in threesome”.

Pero de la oscuridad no sólo obtenemos una secuencia introspectiva y solitaria. Una performance impecable de la banda favorita de Robert Smith (alma máter de The Cure, quien los ha llevado de gira como acto soporte) en donde las almas se acoplaron al cuerpo de este cuarteto, casi orgánicamente. La luz tenue, como la sombra (aliada) se enciende. Y el brillo, sin contraste, titila de emoción recostándose individualmente.

La euforia estalla y asombra. Fuera de todo plan, dicho sentimiento masivo contiene dosis de goce y felicidad. Las luces brillantes se apagan. Y el aclamado bis asoma para terminar con la profunda “NYC” y “Stella was a diver and she was always down” para redondear un concierto formidable. La concentración de los cinco sentidos humanos (mas un plus extrasensorial) dejan al cuerpo curado de cualquier espanto, tormento y avidez. Nada de tristeza; sí un halo de satisfacción para un solitario final.

Martín Debaser
martindebaser@gmail.com


martindebaser ( 11/03/2008)
 

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