Matt Elliot + Many Fingers


16 de MARZO, 12 Y MEDIO, MURCIA. Es verdaderamente de agradecer que, de un tiempo a esta parte, en Murcia se pueda asistir a citas como la del pasado viernes en la sala doce y medio.
Sin embargo, la presencia de Many Fingers y Matt Elliot apenas congregó a un numero granado de acólitos y fans del antiguo miembro de Third eye foundation así como de curiosos interesados en conocer la propuesta que se nos presentaba que, desde luego, no defraudó. No pudo hacerlo en la medida en que tanto Many Fingers como Matt Elliot son ya dos músicos experimentados y capacitados para crear una atmósfera especial tanto sonora como espiritual que, desde luego, necesita la complicidad del espectador y oyente para llegar a terminar de mostrar todo el compacto arsenal con el que se manejan.

Many Fingers (nombre tras el que se esconde el multiinstrumentistas Chris Cole) presentaba Our worn shadow y si en un principio costó conectar con su propuesta debido a la lentitud con la que iba ensamblando las distintas capas de sonido manejadas y las iba haciendo evolucionar hasta otorgarnos su particular visión del momento actual del post-rock, la folktrónica o el kraut-rock, cuando las piezas fueron encajando y su concierto se acercó al meridiano, mostró que es más que un hábil y notable compositor de estructuras sónicas que crearon el ambiente ideal para que los versos tristes de Matt Elliot inundansen con su pureza y desaliento el escenario.

En todo caso, Chris Cole mostró que puede llegar a ser considerado como artista independientemente de sus colaboraciones con Matt Elliott y que aunque todavía tiene que madurar la envergadura de su propuesta, está en camino de seguir trazando las líneas de fuga que enmarquen las directrices del futuro del rock o el dance progresivo.

En fin, a continuación de Many Fingers, apareció Matt Elliott y el momento grande de la noche llegó. Es cierto que los discos de Matt Elliott en solitario no llegan a la altura casi mayestática de los de Third Eye foundation como que quizás tanto Failing songs o drinking songs (a la espera del tercer disco que culmine esta trilogía folkie sobre la tristeza y el dolor en la Europa de entregueras) son discos que necesitan de una especial empatía en el estado de ánimo del oyente para resaltar todas sus virtudes pero el antiguo agitador de la movida de Bristol en los 90 no engaña a nadie.

Su presencia en el escenario acompañado de sus ya clásicos pedales, secuenciadores de samplers o loops y su guitarra es lo más austera posible y su prestación a la hora de interpretar las canciones, desde luego, ponían tanto énfasis en la instrumentación sonora como en la capacidad evocativa de unas letras inundadas de poesía, dolor, lamentos y vida de taberna que acompañados de su monocorde pero expresiva voz llegaban a resultar cansinos para algunos pero tremendamente evocadores para otros.

Porque Matt Elliott no engaña. El no se considera un artista del futuro. Al contrario, él ha llegado al futuro a partir del pasado. A partir de historias viejas de barcos destrozados, familias arruinadas, miserias implacables en la decadente Europa o hambre implacable en el estómago de algunos de sus ascendientes y él tan sólo se propone dar testimonio de las mismas mediante su voz y los instrumentos que considera necesarios para ello. Sin trampa ni cartón. Con sinceridad. Con sobriedad y aunque esto le suponga perder todo efectismo. Como los antiguos artistas y trovadores de los años 20 empeñados en dar testimonio sonoro de todo aquello que veían y vivían.

Y así, como un renovado Kurt Weill filtrado por el manto letárgico que le concediese su paso imaginario y real por las páginas más descarnadas de la literatura rusa o los coros de las iglesias y catedrales más incendiarias del Este de Europa, Matt Elliot fue desgranando un concierto breve en el número de composiciones interpretadas pero intenso en el que optó por dejar todo el protagonismo a la música y retirarse y perderse en ella como si su presencia no tuviera la menor importancia.

Una presencia mayor, sin embargo, y que, desde luego, con el paso del tiempo irá adquiriendo todavía mucha mayor relevancia en el mundo de la música moderna en el sentido en que su actitud y mensaje nos incitan a volver al rostro a esta nueva y moderna Europa que no puede ni debe olvidar las miserias y desgracias vividas hasta hace muy poco en su territorio de las que puede que todavía tenga que aprender -como nos recuerda Matt Elliott- muchas y renovadas lecciones como demostró la guera serbio-bosnia no hace demasiados años.

Texro: Nathan Adler; Fotos: Anywhere 


nathan adler ( 19/03/2007)
Imagen de anywhere

Pues  mi me pareció un robo a mano armada; vamos, que este tio se dedique a salmodiar canticos judíos con su guitarra acústica mientras pone careto de trascendental me parece algo... Algo que le hace mucho, mucho daño a los motivos que hacen que uno se convierta en adicto a los conciertos... en otros tiempos hubiera lanzado mi copa al escenario y gritado ROCK ´N ROLL¡¡¡¡¡¡¡¡


 

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