29 MARZO 08, ALMERIA
Todo parecía indicar una gran noche con el mito americano, con el, para muchos, auténtico Rey del rock and roll, con una de las personalidades musicales más influyentes de la Historia ("padre" de The Beatles, Rolling Stones y gran parte de la década prodigiosa de los sesenta como lo demuestra la cantidad de versiones que circulan en la discografía de los ya mencionados, The Beach Boys e, incluso, Elvis Presley), con una leyenda viva, en definitiva. Pero ya se sabe que las leyendas no aguantan el examen de la realidad.
El lugar (Auditorio Maestro Padilla de la Capital) nos recordaba a los más fetichistas a aquellos teatros clásicos de los años cincuenta y sesenta donde se organizaban los conciertos y en que el público, generalmente adolescente, luchaba por bailar en su espacio acotado mientras las chicas se destrozaban las gargantas por llamar la atención de su ídolo, dejando, a veces, hasta un rastro de orín. Hoy en día, los asientos estaban repletos de personas de todas las edades: desde músicos sexagenarios, treintañeros ávidos de buena música, hasta chicos y chicas que ya podían votar, pero todos unidos por la pasión por el mito y con la conciencia de estar viviendo un momento irrepetible.
Anuncian que se va a retrasar el comienzo. Rutina, pensamos todos. Sin embargo, cuando mucha gente estaba ausente, el señor Berry aparece por el escenario rasgando su inconfundible guitarra y casi hasta sorprendiendo a su banda. A sus ochenta y dos años, con camisa azul de lentejuelas y gorra de marinero comienza la primera canción ante el jolgorio del público que por fin puede verlo de cerca. Sin duda, el público almeriense, lo mejor. Totalmente entregado, consciente de las limitaciones físicas del músico, se vio frustrado ante el pasotismo del rockero, el cual estaba más preocupado por su cena, aludiendo continuamente a su hambre atroz (hablando con personas encargadas de la seguridad, me entero de que en realidad tenía hambre y quería comer, pero para el público quedó como algo más del show del americano) que por su público, que siempre estará ahí por muchos desplantes que se le ocurra hacer.
El repertorio fue otra de las polémicas. Aparte de clamorosas ausencias como la inmortal "Roll over Beethoven" o "Maybelline", las interpretadas dejaron mucho que desear. Hubo muchos momentos de dejadez (¿cansancio quizá?) a la guitarra, medio tapados por la profesionalidad de sus músicos, en concreto, la del pianista, que tuvo algunos minutos gloriosos, pero que no impidió decepciones como la de "Johnny B. Goode", tocada casi a ritmo de balada, en lo que se presuponía el punto culminante de la noche.
Y así, entre vaivenes de ilusión, el reloj marcó una hora exacta de actuación y cual Cenicienta al dar las doce de la noche, Chuck Berry, en mitad del "baile", abandona el escenario sin decir una sola palabra, en un acto de tal naturalidad que parecía habitual, pero que jamás debería ser así. ¿Adónde va? Ahora volverá, pensamos. No fue así. Sus músicos empiezan a despedirse (supongo que algo atónitos también) y las bocas de los asistentes a abrirse. Algún que otro pitido de indignación se escuchó, pero en general la respuesta fue de incredulidad y resignación, ya que al menos podremos decir que hemos visto en directo a Chuck Berry.



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