Cuando las amables azafatas del Auditorio me conducen hasta mi confortable butaca en la «Sala de Cámara», me convenzo de nuevo de que soy un impostor: chicos y chicas sanos y poppies hablan animadamente, qué chicas tan guapas, vaya… y yo con estas pintas. Antes de salir de casa ya me he tomado 4 cervezas y temo soltar un eructo involuntario que espante a mis compañeros de fila.


